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domingo, 27 de mayo de 2012

15 M: Indignados, o botellón lúdico y ácrata


En un vuelo desigual, se cruzaron por el cielo barcelonés el helicóptero de la policía y la blanca paloma de la paz, y se guiñaron un ojo, cortesía de que todo andaba bastante atado y controlado,  saludándose como unos compañeros más en el solitario camino del contaminado aire de la ciudad catalana. La paloma salvó el pellejo de las aspas del aparato volador de refilón, y abandonó la zona por no querer ser partícipe de algo que se venía venir: el fracaso de los indignados del 15-M entre tan hondas y graves lagunas.
Como un clásico insólito y singular, actuando como una catarsis, como una purga del dolor acumulado de los defectos que la rabia contiene, el movimiento del 15-M se ha transformado en una actividad más festiva y lúdica que protestona y reivindicativa. Este año, la cosa ha salido menos lustrosa, y no ha tenido tanto tirón ni empuje como se esperaban sus múltiples organizadores.  Pasando a ser más un jolgorio lúdico y fiestero urbano que grupo afín y organizado, demostrando que su libertad y su fuerza han acabado siendo un entretenimiento más que de acontecimiento protestón y alternativo.
Despreciados por unos y apoyados por otros, el año anterior tuvieron gran protagonismo por sus principios libertarios, que basculaban  entre el cinismo y el anarquismo, que suelen tener  similitudes profundamente influenciables y predominantes. Pero el ciudadano de a pie, el que sufre detrás de la cortina de la verdadera indignación donde están las realidades del día a día, ha pasado un poco de largo. Los ‘indignados’ del 15-M no han sabido transmitir el mensaje codificado y traslucido de la rebeldía popular, al no poder dar solución ni tampoco remedio alternativo, ni animar a seguir por veredas imposibles de andar. La frustración del: no poder ser y de acabar siendo, para convertirse en una sombra total de la penumbra y de la luz más tenue y oscura, por no poder convencer  y de inspirar credulidad en horizontes de encrucijadas pasiones que  apenas hoy en día nos podemos permitir. No se puede vender un perfume si éste carece de esencia y, este año, la cosa ha olido más a rancio que a flor primaveral de revoluciones indelebles e inmemoriales, ni a Mayos del 68 que ya pasaron de largo. Y la ciudadanía, la que iba por su cuenta y repertorio propio, ha demostrado que sin miedo y sin odio también se puede protestar.
Los indignados en su punto de mira tenían este año a las entidades financieras, dando caña a la banca, que este año ha sido como su mascaró de proa y emblema prioritario.  A la sombra de Bankia,  de la Reforma Laboral, de la sanidad recortada y cada día más alejada del paciente pachucho y enclenque. Añadiendo al saco de sus protestas pocas críticas que ya no sé conozcan,  de una crisis más endurecida que el año pasado, mucho más asentada y, lo que es peor; más asumida y acomodada, como algo normalizado en nuestras vidas cotidianas.  En estos casos y, para no complicarse la vida, lo mejor es leer a Nietzsche cuando uno está triste sin necesidad de salir de casa. Porqué la anarquía (sin k) de los indignados, parece que ha perdido fuelle y se diluye como azúcar en amargo cafetucho de moca descafeinado, pasando a ser comparable al día del: “no trabajo”, y  perdiendo el exotismo y peculiaridad  del año pasado, donde la ciudadanía más popular hizo saltar los plomos por unos instantes del circuito eléctrico político.
Los indignados, esta vez no se han identificado tanto con el personal. Igual, porqué éste no ha percibido esa magia que envolvió aquellos improvisados días del año anterior, donde no se esperaba tanta muchedumbre que se reveló en plazas y ágoras. Porque este año, los organizadores  han errado en su medida y  dimensión de sus reivindicaciones y protestas. ¿Hay tecnócratas dentro del 15-M? Y si los hubiera,  sería bueno conocerlos para poder saber su plan de desarrollo y exposiciones creíbles ¿Los indignados están en contra de los políticos, del sistema, o en contra de todo?
El rechazo al sistema dentro del sistema, del pueblo cabreado y  decepcionado por las restricciones más vivas, y la herida abierta de esta crisis que parece que nunca cicatriza ni cura, ha espantado al ciudadano padre y madre de familia que no han visto clara la cosa. Los indignados hablan en primera persona,  al grito que se oye mudo; con unas performances, slogans y pancartas de lo más ingenioso –eso sí- , pero repitiéndose tanto, han perdido confianza y propiedad de lo que podían transmitir o contagiar. No hay conciencia política, sino  ciudadanos incómodos para expiar y cultivar a esos políticos que no tienen por costumbre pisar la calle.  Y teniendo bastante con la querencia de auparse para ver desde el balcón institucional, qué este año, la cosa no ha ido más allá de la romería y la popular verbena incapaz de arrancar alternativas claras que les incomoden en demasía.
Acampar como el excursionista dominguero no es solución práctica ni toma de la “Bastilla” ninguna. Porque acampar, no es conquistar.  Y aquello de qué: la calle es mía”,  ya hace años que un político de  épocas pasadas la hizo suya. “No hay nada nuevo bajo el sol”, decía Ambrose Bierce. Y esto, les ha pasado a los indignados este año, para acabar siendo sólo un proyecto esbozado y de trazo desdibujado de su pretensión, terminando el repertorio en una discreta cacerolada haciendo ruidos con cacharritos de cocina, y cortando el tráfico de aquellos que todavía tienen trabajo y qué están más cabreados que indignados. Porqué con la filosofía de la sartén y la escandalosa olla abollada, no se convence a todo un pueblo cansado de injusticias. Corriendo el peligro de qué, el ciudadano,  acabe de creer más a los políticos que a los qué los critican. Pues la ciudadanía, desea soluciones más prácticas y más probables. Y no tener como costumbre darse de palos con la policía, que este año, les han tomado la medida y no han picado a la provocación. Igual, porque en la policía, se conoce que están más organizados y se lo han  “montado más de guai”,  y mucho mejor qué el año pasado que la cosa les pilló por sorpresa.
Este año, los indignados no han sido excesivamente dominadores de cabeceras en los medios de información, ni tampoco protagonistas de excesivos debates. Y comenzar tres días antes del 15, tampoco les ha ayudado. La fórmula, quizás era la de un día concreto y definido,  y  no una especie de romería que se les ha ido deshinchando al paso de los días andados, quemando mecha antes de qué  ésta llegara al artificio popular y  entretenido, más de confeti azucarado que de sabor revolucionario, para acabar percibiendo esa sensación amarga que han dejado este año.
Los organizadores del 15-M, igual deberían ya plantearse una visión y modelo  más de emprendedores qué de “quejicas” por vicio y defecto.  Porque una paralización absoluta de un país, no es la solución de vencer a esta crisis endémica que ya dura más de lo saludable. Y para pasar el rato ocioso del lúdico  fin de semana, no hace falta detener un país, ni amplificar el miedo de  los que tienen trabajo y que luchan por conservarlo. Los indignados no son una tribu, sino un grupo desorganizado donde cada cual ha acabado siendo sombra de su propia silueta.  Los indignados no son una alternativa a las urnas, ni por asomo, no perdamos la perspectiva. Pues emerger con más ideas que quejas, también sería una manera de participar y de manifestar la indignación que todos sentimos como impotencia de nuestras ausencias. El espíritu del 15-M puede que esté vivo,  pero las reglas del juego carecen por su ausencia, y sin manual de instrucciones, es como ir dando palos de ciego por avisperos de colmenas urbanas, donde el malabarista y el mimo son espectáculo puro, pero no solución ni fabrica de ideas e iniciativas, de un sistema quizás cansado y agotado de tanta queja y lloriqueo.
Disolviéndose discretamente poco a poco, para al final, quedándose  el mimo imitador y parodista sólo, y ganándose unos cuartos para que no le roben su futuro. Este año, el asambleísmo ha exhibido una ineficacia organizativa, donde el olor a sustancias cannabinoides, litrona pasada con espinas en la mano  y  tiendas de campaña colgadas de los árboles a modo de casas colgantes de Cuenca, no han convencido ni a los turistas más fascinados y maravillados, que han preferido hacerles fotos a la clásica Sagrada Familia o monumentos más armoniosos y tradicionales, y emborracharse porla Rambla abajo que es costumbre más sana. Porque estos, suelen venir a divertirse y a pasárselo bien, y no a meterse en berenjenales políticos ni líos que les amarguen su entretenida estancia.
Lejos del asambleísmo más racional y coherente,  este año han cojeado de un problema aparente; que es la ineficacia organizativa, donde muchos han ido a su bola y sin medir  la distancia que hay entre las ganas de provocar una alternativa viable y la del sentido común, del ciudadano cansado y preocupado por llegar a final de mes y que no está para muchos folklores ni hervideros de botellón ni fumadas populares. Y el verdadero indignado, el que sufre con su carencia de empleo o el trabajador cuyo sueldo es discreto como la hiedra,  ha acabado  pensando aquello de: no soy de nadie, soy del viento.
Sergio Farras, escritor tremendista.

miércoles, 16 de mayo de 2012


Vladímir Putin, el presidente que surgió del frío
                                                  (ARTÍCULO PUBLICADO EN : "DIARIO FINANCIERO" (Madrid)

Se ha hablado mucho estos últimos días sobre las elecciones francesas y también de las helenas griegas. Y de carambola, nos llegaron los resultados de las elecciones de la siempre misteriosa Rusia. Donde suelen ser más discretos y prudentes con sus escrutinios y desenlaces, con ese político y aires de emperador que es: Vladimir Putin.
Sergio Farras

Serían las del recordado pensador Karl Mar cuando en un rojo atardecer, con el frío que se fundía en el cielo moscowita,  nacía Vladimir Putin hace 60 años en la fría y antigua ex URSS. Vladimir Putin, este hombre de aspecto duro y frío nos hace recordar al genuino espía de aquellas películas de la guerra fría, de esos que llevaban un microfilm en el zapato y mascaban tabaco picado en cualquier estación de ferrocarril en andenes sospechosos. De hecho, Putin fue agente del KGB, llegando a ser su cabeza pensante en la desaparecida Alemania Oriental, para después ser el director del FBS, actual servicio de inteligencia ruso y sucesor del otro.
Luego, gobernaría Rusia por primera vez en el año 2000, después de que Boris Yeltsin –hombre cachondo y muy aficionado al morapio-,  le cediera el paso a tan misterioso, como ilustre personaje qué es: Vladimir Putin.
Ahora, parece ser, que su mandato pasará a ser un tanto vitalicio y perpetuo. Esto no se sabe si es muy comunista o muy Trotskyano, o un tanto atrevido de codicioso “Zar” contemporáneo con aires de Romanov.
Ya se sabe, que en esto de las ideologías siempre hay uno qué las crea y otros, que luego las interpretan a su aire y a su modo,  y no siempre suele casar pensamiento con ponerlo en efecto y buena praxis. A los escritores y a los filósofos les pasa como a los pensadores y percusores de nuevas formas de innovar comportamientos sociales, que se les escucha, pero que normalmente no se les acaba de hacer caso. Esto es un clásico en la compleja especie humana.
Ahora Vladimir Putin, más que un obrero proletariado es como un autónomo emprendedor con aires de soberbio revolucionario. Porque el capitalismo, al final, acaba gustando a plebeyos y nobles como a propios y extraños. Y al presidente ruso, igual; a poco que se entre en su alma le sale la santidad capitalista,  del vicio del poder  y de  la ambiciosa  codicia del dinero. Se conoce, que esto del poder y el manejar los cuartos es algo que se desploma por sí sólo en los humanos. Y en sátiros se van dilatando algunos, para acabar convirtiéndose en oscuros, solos y muy dados a los secretos y misterios de los que mandan en medio mundo. Y la madre tierra, que tanto se suele amar y defender con pasiones y megalomanías irracionales, queda un poco apartada mientras otros van sembrando raíces  de labranza capitalista. Y en estos casos, las ideologías quedan un poco apartadas con la hoz y el martillo ya olvidados, saboreando como un néctar el apego a la codicia, como quien acontece a su interés y arrogancia del cargo.
Tranquilo y apacible, de aspecto duro y masculinizado al viejo uso soviético, Vladimir Putin parece que todo el día vaya concentrado; como un jugador de ajedrez o como un alma que tiene claro por donde  transita  en su particular universo de espacio y tiempo. Y que cuando se cabrea, les corta el gas a los Ucranianos para recordarles quien manda y quien pone los precios en aquellas tierras de la fría Estepa. Siendo un mensaje subliminal de poder y toque de atención a la vieja Europa que le mira de reojo y desconfiada.
Musculoso y moreno, al presidente de Rusia se le ve a caballo galopante y trepidante, dando tortas  al sparring de turno  haciendo llaves de Judo en su video promocional. O portentosamente,  con andares de aristócrata y de aires nobles  entrando a paso inmutable en las salas pulidas y abrillantadas de la Duma,  demostrando que es máschulo que un ocho,  y qué se sirve de sí mismo para dirigir un país o un parque de atracciones si hace falta. Sobrado va de ego y de autoestima biselada, como atrapado en un “alter ego” peligroso de su juego moral y bipolar entre el bien y el mal.
Pero el pueblo. ¡Ay el pueblo!, que siempre lleva el “palo” de bastos y no “el diez de oros”, que es naipe peleón y más sarcástico. Esto es costumbre de la mayoría de sociedades; sean comunistas o sean capitalistas, quedando en este caso los rusos hambrientos y desorientados a principios de aquellos bienaventurados noventa, de cuando caían los muros y los presidentes de entonces: Clinton y Yeltsin, se daban besos casi de complicidad y conveniencia ¡Qué buen rollito, que risas se echaban en púlpitos y estrados a vista de todos los medios mundiales!  Entonces, como en el profundo fondo del barranco, el macizo soviético se desplomó ente acantilados  de su frágil andamiaje. Y como el gigante de piernas de arcilla que al final se cedería, cercenando como corta el filo de un cuchillo, poniendo el fin de tantos años de comunismo visceral y de imperio soviético.
De generación en generación, los rusos han visto pasar penurias y miserias, viendo descender su natalidad y adaptándose al cambio geopolítico que les engancha y les atrapa a una miseria y sistema económico bastante precario. Pero ahora,  Putin se ha creado su propia “City Ville” particular, desde donde en su orografía política  de umbrías profundas, gobierna con sobriedad y mano tensada como la de cuerda de piano. Las revoluciones quedaron atrás y las rojas ideas también, anulando  la vieja y trágica leyenda de amor comunista y  Marxista, que ya sólo planea en las sombras lejanas  de las barbaridades e interpretaciones poco ajustadas de Lennin y Stalin.  Anulando recuerdos y nostalgias, siendo perfil de una nueva fisonomía política transiberiana de este siglo XXI tan cambiante y tornadizo.
Pues siempre, se ha murmurado entre bastidores de desconfianzas, que el comunismo es más visceral y de emociones que de razones y de la virtud del discurrir. El actual escenario político ruso, hacen estériles los  recuerdos de una época que se recordará como sendas imposibles de recorrer, y de rotondas de pinceladas de socialismo que agitaban siempre en el mismo sentido, como para desacelerar el marxismo que siempre se recuerda y se le echa mano, cuando las cosas van mal dadas y torcidas.
Vladimir Putin gobierna ahora y gobernó antes. Y entre ese “inpás” puso a su hombre de paja; Dimitri Medvedev, que era el rostro escondido tras la máscara. Vamos, que se hizo su propio “Deja Vu”, y dejó hacer negocios a unos cuantos con petroleras y demás extravagancias,  a cambio de que no le barraran el camino hacia el eterno y perpetuo poder.
Mientras él, se dedicó al arbitrio y mando, que es cosa que le obsesionaba y le obcecaba, como una monomanía que hacía de su existencia el nuevo “noble”; señor y amo de las Estepas.  Su principal  recurso es el petróleo y las reservas de gas. Y con eso contó con la  complicidad en la sombra  de Gazprom,  el mayor extractor de gas natural en el mundo y la mayor compañía de Rusia, que como un “rompehielos”, le ayudaba a abrir el camino allanado hacia el Kremlin.  Mientras, como para protegerse de críticas y murmureos mal intencionados, se impuso un monopolio de la prensa para controlar los medios. Ser periodista independiente no es una buena idea por esos lares gélidos y de aires todavía de desconfianzas y de sospechosos habituales.
Vladimir Putin casa con el perfil del “anti héroe”, del hombre malo, calculador y frío. Pero eso, igual es sólo una cortina de humo para pulir su imagen de antipatía y de “Joker” de los páramos descampados de las áridas Estepas. Porque  los malos de las películas, suelen caer bien por su esfuerzo en parecerse  al chico bueno que suele cumplir y sabe ser agradecido.
Decía William Cooke: “La oligarquía se inventa un enemigo comunista para aplastarnos a nosotros, que somos el enemigo real.” ¿Entrará algún día Rusia en la Unión Europea? ¿O son tantas las diferencias geopolíticas y sociales que hacen imposible tal empresa? Sea como fuere, Rusia siempre será ese vecino misterioso, incómodo y temido de la comunidad. Porque detrás de sus callados muros, sus paredes se han vestido del mudo silencio que casi nunca habla.
Sergio Farras, escritor tremendista.

Indignados de la autopista (‘Mad Max’ a la catalana)

Por Sergio Farras, escritor tremendista
Sobre el caliente asfalto catalán, queman los neumáticos y abrasan las tasas injustas que todos pagamos por circular en nuestras autopistas. Pero hace pocas semanas ha nacido la rebeldía al llegar al peaje intimidador, donde cobran por continuar para hacer camino llano y transversal con nuestro vehículo. Los morosos del asfalto, los “No vull pagar”, se han revelado de la esclavitud que acompaña a pagar por casi todo. Y de momento, aunque son unos pocos, se van adhiriendo muchos más conductores con un rumbo incierto y todavía borroso en su protesta. Porque en Catalunya, pagar en las autopistas es costumbre y un bien antipático, más que virtud y gracia de las administraciones gestoras. Poniéndose en marcha hace breves días una campaña de: “Basta de Peajes”, que la ciudadanía más rebelde y rodada se han tomado como un agravio comparativo en contra de la empresa concesionaria y sus compinches gestores de la Generalitat, secundando al llamamiento de no pagar más peaje qué el que llevan en sus rodadas almas rebeldes.
Hubo una película protagonizada por Mel Gibson, con una temática apocalíptica, o sea; una súper crisis de ésas que van acompañadas de malos rollos y finales de males tremendos que se titulaba: Mad Max, guerreros de la autopista, cuya sipnosis era desesperanzadora y frustrante pero muy entretenida. En un futuro cercano, puede que las pandillas de insumisos usuarios dominen las carreteras de Catalunya, como lo hacía aquél Jinete Nocturno de la película, que no paraba de hacer trastadas y saltarse el código de circulación como si estuviera en una feria o carrusel infantil. Y en esta analogía, de los: “No vull pagar” mucha más breve pero más participativa, se podría abrir como un precedente innovador para poner freno y equilibrio a toda ésta afición de cobrar por circular en vías rápidas. Porque puestos a imaginar… ¿Irán los Mossos d’esquadra de tráfico equipados con trajes de cuero ajustados y coches patrulla trucados? Un Especial modificado de persecución “molaría”, pero como estamos en crisis, casi mejor apañarse con el vehículo oficial, que seguro que da el pego y, además, es de confianza. Porqué con imaginación y un poco de buena voluntad se pueden llevar bien los polis y los usuarios rebeldes en beneficio de todos. Y, hasta igual, los Mossos se ponen algún mote o apodo de esos que asustan e impresionan; Pep el Ganso Juán el Niño, Xavi el Gasofa…, y también proponer el cambio del logotipo de “Tràfic i Atestats”, por el de: interceptor; que debe impresionar lo suyo y puede asustar mucho más al rebelde conductor, padre de familia que se niega a pagar el peaje, con la mujer al lado gritándole al oído que es un machote y los niños alterados por tan inhabitual entretenida circunstancia. Y pasando los Mossos al argot siempre canalla de las gentes murmuradoras a “polis” o “pasmas”, y de atentos motoristas avizores pueden pasar a peliculeros patrulleros de división. ¡Qué pasada!
En la película se adornó las escenas de acción con música de Bryan Mail, antiguo guitarrista de Queen.Aquí en Catalunya, la banda sonora podría ser de Albert Pla, que es un cachondo con esto de darle caña al sistema y domina muy bien la ironía caústica del mordaz ingenio.
Hasta se podría crear un videojuegode todo esto, y qué con lo que se ahorran en el resto de España, podrían vivir la experiencia aunque fuese de ficción y entretenimiento. Desde Madrid se lo pueden pasar pipa siguiendo este tema, siendo la envidia de la M- 30, esa vía faraónica que siempre se está reconstruyendo a sí misma como algo mitológico, como el Ave Fénix, o como el AVE ferroviario –el que va por las vías y que nada tiene que ver con la leyenda y la fábula-, donde se hicieron algunas paradas que acabaron como auténticos apeaderos de playa y chiringuito, donde no se bajaba ni subía un alma. Ni tampoco hacía más servicio que la contemplación y el noble hobbie de alimentar la ilusión para las gentes aficionadas al maquetismo y amigos del ferrocarril.
Y siguiendo en la línea futurista de analogías cinematográficas, en la segunda parte de Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno ; había frase mítica de Tina Tanner en la película: (dos hombres entran uno sale) Donde aquí, la cúpula y bóveda “peleona” podrían ser las cabinas de los peajes, donde: dos coches entran, uno paga. O jugándose el canon a bruto combate o a los chinos con el pobre empleado de la cabina expendedora, que no tiene culpa de nada el hombre.
Llegando a este punto de no retorno en la confianza de los gestores y políticos de compromisos que dan pena, para algunos usuarios de autopistas, esto les huele a rueda quemada y recauchada con la eterna promesa de que todo se puede negociar. Porque al final, con tantos recortes y tantos copagos, con este malestar que se respira en esta España cansada que a pocos contenta. Pues al final, se va a tener que pasar por caja hasta para ir al excusado o respirar el aire viciado de la estresada urbe. Y a todo esto, y para rizar el tirabuzón, se ve que hay un vacío legal en todo este tema, y no se pueden multar a los “colones” insumisosporque estos supuestos y clases de travesuras no están tipificados en ningún código de circulación.Y al Conceller de Interior, su Chaman, -con perdón-, le espera otra patata caliente que enfriar este verano para poder aliviar las penas. Porque los ciudadanos, como nobles estoicos, se han cansado de embustes y palabras huecas, de promesas y placebos inocuos que sólo se sustentan en el aire. El insumiso conductor se muestra obstinadamente y tozudo, del que se cuela pasando sin pagar, sin más miramiento ni sentimiento de culpa, como pidiendo justicia de algo que ya cree que está amortizado.
Quizás todo esto no sea muy cabal ni de ciudadano comprometido, pero si injusto, de comulgar un pago por imperativo y sin el poder de más defensa que la pataleta y el berrinche popular, para intentar convertir en un derecho, aquello que todos ya hemos pagado. Mientras, los políticos actúan como comediantes de la soberbia cómica de ellos mismos que entretienen y marean al personal, teniendo siempre abierto el bolsillo para cobros y recaudaciones a veces confusas, para seguir hipnotizando al ciudadano que anda embobado, donde todo le parece falso y adulterado. Igual, los políticos seguirán intentando convencer a los usuarios de que no existe tal mundo de autopistas del: “Mañana-Mañana”, y que deben conformarse en vivir en sus oasis, y el único punto al cual llegarán a sus destinos será por vías secundarias, donde podrán encontrar una carretera apañada y desértica, si no fuese por la hostilidad del rumbo incierto hacia dónde vamos con tanto tributo y de tanto “chupar” rueda ajena.
Mientras, el usuario de vías rápidas y calzadas llanas como océanos infinitos, seguirá haciendo camino furtivamente a camello si hace falta, esperando la sensata esperanza de qué, algún día, se pueda circular por las autopistas catalanas libres como el viento silbador y desligado, sin necesidad de ahogar los bolsillos de los conductores que ya van discretos y escasos de fondos.